Diálogos de Libro

Si hay poesía subterránea en mis palabras, solo tú lo sabes. En ti ha de acabar, puesto que fuiste tú su origen. José Hierro

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Invierno.

Cada año, a partir de abril o mayo, se me olvida el invierno. El sabor a desaliento, el mito deshonesto del cielo de Madrid, la eternidad de árboles pelados, la insensatez de esos pobres almendros desafiando a febrero.

Invierno

Cada año, a partir de abril o mayo, se me olvida el invierno. El sabor a desaliento y gorro de lana, el mito azul (y deshonesto) del cielo de Madrid, la eternidad de árboles pelados, la insensatez de esos pobres almendros desafiando a febrero en blanco y rosa… Cada año, entre abril y mayo, se desdibuja poco a poco el precipicio. El abismo de cristales de hielo se hace nuevamente transitable. Y ese bicho inhumano, repleto de silencios, deja de joderme la vida. A regañadientes. Sin largarse del todo nunca.

Escribo y todavía es marzo. Un marzo prudente este de 2019. Las raciones de gris bajo cero y té negro especiado se diluyen en el vaho de esta primavera precoz, inesperada. El perfume a alas de mariposa, aún poco intenso, las gotitas chorreantes del amanecer fulminan el olor perverso de las mañanas de enero. Como si no hubieran existido nunca. Como si no fueran a volver nunca más. Pero sé que él sigue ahí, agazapado, saboreando anticipadamente su último golpe de gracia antes de sucumbir ante el ímpetu de la próxima estación. No se rinde. Así son los depredadores del alma.

Y sé que este espejismo de edén anticipado no es más que una falacia. Un chute de adrenalina engañoso. Un invento canalla de la naturaleza para reciclarme el cerebro y hacerme soportar el siguiente embate de cielos planos y brumas de apatía que llegará antes de que abril (o mayo) gane la batalla. Con otra luz, por fortuna. Con otra niebla mucho más perezosa, mucho menos persistente. Sin el olor a fuego encendido, sin los azotes de viento azabache ni las miradas cargadas de castigo. Sé que él sigue ahí, agazapado. Saboreando de manera anticipada el penúltimo asalto, antes de que la brutalidad de la luz y el calor lo sepulten temporalmente en los infiernos de Mordor.

El invierno es tan cruel, tan corrupto, que me hace añorar más las tardes castañas de Bach repiqueteando sobre las mesas del bar vacío y el aroma a asfalto camuflado de hojas secas, que las mañanas de Vivaldi saltando sobre la primavera y los atardeceres templados. Porque al lado de ese almendrito desvalido y rebelde que veo desde la ventana aun amenazan las ramas en cueros del aliado de todos los demonios climáticos.

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En otoño las calles no duelen. Ni la lluvia. Al contrario. El otoño calma y colma la sed de sosiego. Las esquinas se redondean, se vuelven sinuosas. Nada pincha.

Ana M. Serrano

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