Diálogos de Libro

Si hay poesía subterránea en mis palabras, solo tú lo sabes. En ti ha de acabar, puesto que fuiste tú su origen. José Hierro

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«Cuídame Dios de las aguas mansas, que de las bravas me cuido yo».

“Cuídame Dios de las aguas mansas, que de las bravas me cuido yo”, era como un mantra que le taladraba el cerebro un día sí y al otro también y que él rechazaba con la misma insistencia.

rocas

No preguntó. Se hizo a un lado creyendo a pie juntillas lo que le habían contado -algo que, por otra parte, tampoco fue mucho- sin indagar ni hacerse preguntas. Prefirió dejarlo estar. Si, al fin y al cabo, no era “su guerra” ¿para qué iba a meterse en líos? Más aun teniendo en cuenta que su naturaleza apasionada y vehemente le había regalado más de un disgusto a lo largo de la vida. De modo que pasó página sin husmear demasiado y continuó a su aire, como si nada hubiera ocurrido. Más bien se saltó la página sin haberla leído.

A veces le asaltaba el recuerdo de alguna frase deshilvanada, alusiones superficiales a discusiones y puntos de vista encontrados, a días difíciles y momentos duros en los que nunca había estado presente porque, para ser sinceros, rara vez contaban con él. Y aunque no solía recrearse en aquellos pensamientos tampoco podía evitar evocarlos, pues a pesar del tiempo transcurrido su situación apenas había mejorado y comenzaba a plantearse la necesidad de un cambio si no radical, al menos significativo sin tener que tirar por la calle de en medio. Después de todo y por poco valorado que estuviera, no podía lanzar al vacío tanto esfuerzo, dedicación y fidelidad absoluta.

Y ahora sí se hacía preguntas -preguntas sin respuesta- mientras se esforzaba por mantener alejadas esa ideas descabelladas (o no tanto) que le asaltaban constantemente fruto, sin duda, del confinamiento involuntario al que había sido condenado sin motivo ni explicación y, lo peor, sin haberle concedido la mínima posibilidad de expresarse. “Cuídame Dios de las aguas mansas, que de las bravas me cuido yo”, era como un mantra que le taladraba el cerebro un día sí y otro también y que él rechazaba con la misma insistencia.

Pero debía reconocer que rara vez había logrado sentirse realmente cómodo. Siempre un algo inexplicable le hacía echar el freno, una especie de miedo irracional (y completamente absurdo) a no estar a la altura le impedía mostrarse con naturalidad. ¡A él, que siempre se había pasado por el forro críticas, prejuicios y demás zarandajas reaccionarias!

A la altura de qué, se preguntaba sin dar crédito a su propio disparate. ¡Ridículo, esto es completamente ridículo! Peor, es una insensatez, una necedad y no puedes permitir tanta humillación en silencio, como si fueras imbécil. ¿Acaso tienes algo que ocultar? En absoluto. Pues entonces, ¿a qué esperas? Y no, no te engañes, que sabes de sobra que tampoco es timidez ni cobardía. No te escondas tras el parapeto ese del “no sé expresarme” que tan bien ha urdido tu rechazo hacia las situaciones incómodas. Que cuando quieres sabes cómo poner a la gente en su sitio sin tan siquiera alzar la voz. No te flageles. Que también sabes de sobra que, a veces, ese simple fluir de las cosas que tanto te gusta no es suficiente.

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Hay días así. Azules, blanditos. Días esponjosos que huelen a oxígeno, a cruasán de mantequilla, a libro de papel, a ratos de infancia.

Ana M. Serrano

Primavera, Notre Dame y otros delirios.

Es abril y llueve. Camuflada tras un visillo miro la lluvia caer y pienso. Y entonces recuerdo otra mañana igual de lluviosa y agreste, cuando no estaba en casa, sino en la calle.

Ana M. Serrano

La Mendiga.

Porque ella ya está allí. Como cada día, la mendiga ha desplegado todo su material de guerra callejero: la silla, el vaso de plástico, las mantas de colorines sobre las piernas. La escena ya es rutina.

Ana M. Serrano

Desierto.

A las puertas del desierto, antes de cruzar la frontera hacia el lugar donde nace el silencio, se siente ajena al gentío. ¿Para qué viajan?

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