Diálogos de Libro

Si hay poesía subterránea en mis palabras, solo tú lo sabes. En ti ha de acabar, puesto que fuiste tú su origen. José Hierro

Menu

Relatos

La librería de las letras olvidadas. II.

La librería de las letras olvidadas. II.

— ¿Sigue ahí?

— ¿El tipo la gabardina? —contestó mientras encendía un cigarrillo con la única esperanza de aplazar el momento de explicarle a la chica el trajín furtivo que se cocía en la trastienda— Imperturbable.

Como si le hubiera leído el pensamiento Úrsula se acercó a él, se quitó las gruesas gafas de pasta negra que hasta entonces había llevado como parte de su fisionomía, dejó la taza de café negro sobre la mesa y con un gesto desenvuelto impropio de ella tomó la cajetilla que Pelayo aún sostenía entre las manos.

— Puedo, ¿verdad? —su voz pausada era casi un susurro.

Desconcertado, asintió con la cabeza y sólo atinó a alcanzarle el mechero.

Ana M. Serrano

La librería de las letras olvidadas. I.

La librería de las letras olvidadas. I.

No corren buenos tiempos para la literatura en este país famélico, gazmoño y tan escaso de cultura —amén de necesidades mucho más apremiantes— como sobrado de prejuicios y represión, cavilaba Pelayo subiéndose el cuello de abrigo para protegerse de la fina lluvia de noviembre que empapaba de gris y melancolía el domingo madrileño. Agachó la cabeza, apretó el paso pues aquello arreciaba adornado además con la danza rojiza de la hojarasca que se arremolinaba al son del viento. Allí estaba apostado en la esquina, impasible, como si el frío y la lluvia no fueran con él. Pasó por su lado ignorando su presencia y bastante desconcertado ante la pasividad del policía que ni siquiera hizo ademán de detenerle.

Ana M. Serrano

¿Qué fue del auténtico 8 de marzo?

¿Qué fue del auténtico 8 de marzo?

Corría el año 1908 y la ciudad de Nueva York comenzaba a despojarse de ese frío manto gris que le había cubierto durante el invierno. Los primeros rascacielos orgullosos y desafiantes alzaban sus brazos al sol como reclamando su presencia; pilluelos harapientos de todas las razas y orígenes más o menos oscuros correteaban por calles y plazas hurtando de aquí y de allá algún chusco de pan duro para desayunar; algunos incluso repartían periódicos y se enfrascaban en labores no siempre adecuadas para su corta edad mientras sus padres y madres llevaban unas cuantas horas encerrados en fábricas y talleres de diversa índole o haciendo de equilibristas circenses sobre un skyline que ya entonces se dibujaba como el símbolo de una nueva era industrial y urbana nacida para engullir sin piedad cualquier tiempo pasado.

Ana M. Serrano

Sin mirar atrás. Cómo ocurrió todo.

Sin mirar atrás. Cómo ocurrió todo.

Tal vez por ello aún puedo recordar su cara de chico malo, sus brazos desafiantes reventando las mangas de una camiseta blanca; su sonrisa desvergonzada… Y lo mejor de todo –o lo peor, aunque entonces yo no podía saberlo–, esa mirada canalla entre salvaje y desvalida que me arrastraba cada día hacia abismos infinitos, narcotizantes, casi perversos, donde otra felicidad era posible.

Ana M. Serrano

Sin mirar atrás.

Sin mirar atrás.

Dejó a su novio el día de San Valentín. Así, sin más. Decidida. Seca. Implacable. Casi despiadada. Podría haberlo hecho de cualquier otro modo. Incluso cualquier otro día…

Ana M. Serrano

Lola y el conjunto vacío.

Lola y el conjunto vacío.

Los cerebros, como los corazones, van donde son apreciados…

Tal vez la célebre frase de Robert McNamara no llegó a sus oídos en el mejor de los momentos.

Y no porque no estuviera de acuerdo con ella. Al contrario. Bien conocía Lola ese sentimiento de impotencia provocado por la indiferencia y hasta casi el desprecio demostrado ante alguna de sus ideas o trabajos; esa incómoda sensación de estar fuera de lugar, de hablar un idioma raro, incompresible para la mayoría; ese intenso, aunque casi siempre contenido, impulso de mandar a la mierda a jefes sectarios, compañeros pelotas y demás infelices resignados incapaces de declararse en rebeldía. Y bien había aprendido también a diluirse entre la inmensidad de la rutina, de lo gris, de lo mediocre…

Ana M. Serrano

Lo nuestro fue un flechazo.

Lo nuestro fue un flechazo.

Un flechazo de los de verdad, de esos que son como tienen que ser, de los que ocurren cuando menos te lo esperas. Porque para enamorarse en condiciones es requisito indispensable no pensar en ello, porque los flechazos de película no se buscan, te encuentran.
Vamos a imaginarnos un flechazo de esos…

Ana M. Serrano

Aunque tú no lo sepas.

Aunque tú no lo sepas.

No, no lo querías ver. Tal vez ni siquiera podías; la venda era demasiado tupida y cada vez apretaba más. Tus amigas -esas que te llenaban la cabeza de pájaros- no le gustaban. Son unas golfas -te decía- andan siempre por ahí, provocando; un día van a tener un disgusto. También le molestaba tu madre. No entiendo qué tienes que hablar tanto con ella -se burlaba cuando sonaba el teléfono…

Ana M. Serrano

La calle del Espejo II.

La calle del Espejo II.

Espejos de su infancia, olor a trementina y aceites, a húmedos óleos, a libros antiguos y a barandillas floreadas… Contempla el final de ese maravilloso atardecer madrileño con la sonrisa aun dibujada en su boca mientras se deja atrapar de nuevo por el fluir incesante de sus pensamientos. Así, buceando entre cuadernos y diccionarios, aprovecha para enfrascarse otra vez en la escritura.

Ana M. Serrano

La calle del Espejo.

La calle del Espejo.

Enciende un cigarrillo y admira extasiada el espectáculo único que le brinda el verano, la ciudad y una ansiada soledad. Le fascina Madrid, el verano en Madrid, su sol y su cielo, su inmensidad, el calor, la gran urbe y la vida que encierra. Lo aspira, lo siente, hace suyo ese instante único capaz de hacerle olvidar el mar, su mar; segundos sublimes que graba a fuego en su piel, en su alma. Afortunada ella que, llevando el sur y la sal en sus venas, se permite devorar la grandeza de la capital justo en los momentos más deseables.

Ana M. Serrano

Cuatro siestas. III-Invierno.

Cuatro siestas. III-Invierno.

En las calles blancas y frías se impone la ley del silencio, un silencio que sólo el silbido de un viento gélido se atreve a romper. El mismo que golpea las contraventanas aún abiertas para permitir que la habitación se ilumine con los últimos suspiros de esa pálida luz invernal. Fuera empieza a nevar.

Ana M. Serrano

Cuatro siestas. II- Otoño.

Cuatro siestas. II- Otoño.

Cae la tarde plomiza y gris. Demoledora, la incesante lluvia impone su luz mortecina; todo cede ante su inquietante cadencia, silenciosa, implacable. El asfalto de las calles vacías se funde con un cielo tan sombrío y amenazador que nadie se atreve a perturbar.

Ana M. Serrano

Cuatro siestas. I-Verano.

Cuatro siestas. I-Verano.

La calma y el bochorno han tomado la tarde; nada rompe el silencio salvo el monótono canto de las cigarras, las únicas que osan desafiar al sofocante verano. Nadie más se atreve a poner un pie en la calle.

Ana M. Serrano

Arcones secretos IV

Arcones secretos IV

[…] baila y apuesta su vida al caballo perdedor desafiando la ley de la gravedad y cualquier atisbo de raciocinio —si acaso le restaba algo de cordura tras esa noche—; baila y apuesta una vida deliciosa y deseable, una vida aparentemente perfecta, un hombre cariñoso y tranquilo —el hombre a quien un día amó con el mismo delirio y mucha menos inconsciencia— y que hoy la llena de vacíos.

Ana M. Serrano

Vértigo

Vértigo

Tras subir varios pisos de sosiego, Isabel se quedó sin aliento.

Ana M. Serrano

Pandora…

Pandora…

— Toma este ánfora, bella Pandora, es para Prometeo. En ella he encerrado todos los males y desgracias que conozco. Deberás embaucarle y seducirle consiguiendo que destape la vasija de forma que su contenido se esparza por la Tierra y los hombres no puedan volver a ser felices.

Ana M. Serrano

Como la vida misma

Como la vida misma

A parte de de calcular el momento exacto para recoger a Luis justo antes de que cierren la puerta del colegio y justo después de que la jauría de amantísimas mamás se hayan esfumado librándome así de los comentarios y angustias varias sobre cómo torturan a sus adorables vástagos -tan capullos como el mío, por cierto, pero mucho mejores, ¡dónde va a parar con esa madre que siempre llega tarde!- con exámenes y deberes, llevarlo al baloncesto, esperar hora y media en la grada, congelada, aburrida y asintiendo como lerda a la misma conversación absurda que había conseguido evitar en colegio…, a parte de tan excitante planazo, tengo libre el resto del tiempo.

Ana M. Serrano

Arcones secretos III

Arcones secretos III

… dibuja en su piel cada palabra y cada beso, engulle sin medida, talla en su alma cada deseo y cada suspiro, graba en su memoria cada segundo porque sabe que se va a aferrar a esta noche durante miles de otras noches heladas. Porque Blanca, inconsciente —o no—, intuye que todo es una quimera, un coma de la razón, un segundo efímero, un delicioso delirio que nadie jamás nadie le podrá arrebatar.

Ana M. Serrano

Arcones secretos II

Arcones secretos II

Palabras abandonadas a su suerte, palabras convertidas en susurros, susurros que se evaporan en sus labios cada vez más próximos, cada vez más húmedos. La mirada de Blanca, enorme, se hace irresistible para Jaime que se zambulle en ella incapaz de pensar en nada más.

Ana M. Serrano

Arcones secretos

Arcones secretos

Una de esas noches de principios de julio. Una de esas noches sofocantes y dulces.

Ana M. Serrano

Newsletter

La forma más sencilla de estar al día de todo lo que se publica en Diálogos de Libro.

Puedes ejercer en cualquier momento tus derechos de acceso, rectificación, cancelación y oposición sobre tus datos.

  1. Páginas
  2. 1
  3. 2
  4. 3