Diálogos de Libro

Si hay poesía subterránea en mis palabras, solo tú lo sabes. En ti ha de acabar, puesto que fuiste tú su origen. José Hierro

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Valle-Inclán.

Valle-Inclán es uno de los autores clave en la literatura española del s. XX. Un enorme escritor.

Ramón María del Valle-Inclán y Montenegro nació el 20 de octubre de 1866 en Villanueva de Arosa (Pontevedra) y murió en Santigao de Compostela un 5 de enero de 1936 (hace ya 76 años).

Es uno de los autores clave en la literatura española del s. XX y, si me permitís mi opinión, un enorme escritor cuya genialidad sobrepasa todos los límites existentes. La producción literaria de Valle-Inclán es tan amplia como compleja: acometió todos los géneros literarios -novela, cuento, poesía, teatro, ensayo- sin ceñirse a las normas de ninguno de ellos. Estéticamente siguió dos límeas, una poética y estilizada influida por el simbolismo y otra en la que plasma una visión amarga y distorsionada de la realidad, sus esperpentos. Pero como decía Azorín, al leer a Valle-Inclán nos encontramos con un poeta, “es poeta, esencialmente poeta, poeta de un modo absoluto. Y de esa condición dimanan sus divergencias con los coetáneos”. Y continua Azorín: “El que se decida a entrar en el mundo del poeta ha de saber que se encuentra en un plano más elevado que el de los demás mortales y que la lógica de ese mundo será diversa de la lógica con que enjuiciamos los hechos del mundo corriente”. “En el lenguaje de Valle-Inclán es el adjetivo el que pone, en definitiva, la nota personal del escritor en la obra”. “Tiene un poder mágico el adjetivo en Valle-Inclán”.

Estas palabras no las he encontrado en Google, no. Estas palabras de Azorín forman parte del prólogo a las Obras Completas de Valle-Inclán, una maravillosa edición de 1944 que posiblemente ya no se encuentre en librerías, no lo sé con seguridad. Y para qué voy yo a escribir sobre Valle-Inclán cuando ya lo hizo Azorín. Os copio una parte de ese prólogo, el principio de mismo, un maestro escribiendo sobre otro maestro.

“En la mesa en que escribo tengo los últimos libros releídos de Ramón del Valle-Inclán y tres o cuatro retratos fotográficos del escritor. La primera imagen que conservo de Valle-Inclán se remonta a muchos años; ha pasado mucho tiempo y no acierto a discernir en esta imagen lo real delo ficticio. Sea real o ficticio lo que yo estoy viendo al tiempo de escribir, lo cierto es que tal imagen de Valle-Inclán domina toda la vida del escritor y se transmuta en símbolo de su obra entera. Valle-Inclán, en 1897, está sentado junto a la ventana de un café en la calle de Alcalá; ha venido de gestionar con los libreros de Madrid la venta de su libro Epitalamio; el libro, su segundo libro, ha sido impreso de un modo primoroso; la exquisitez en la impresión ha querido el autor que concuerde con la delicadeza de la obra. El libro es chiquito; no se mide la trascendencia de una obra por sus dimensiones; de esta obra tan chica va a derivarse todo un modo original en la literatura española. El autor ya lo presiente así y tiene por el libro que acaba de publicar a su costa un especial cariño. Y cuando ha ido, en su correr por Madrid, de un librero a otro, ha advertido el contraste brutal, acerbo, entre sus ensueños y la realidad […] Ramón, después de su infausta correría, está sentado con sus amigos en el café y les va relatando la aventura. […] Y con gesto decidido arroja por la ventana el librito que tenía en la mano. […] es que al lanzar Epitalamio a la calle, lo lanza como un guante que arroja a toda la literatura industrial -siguiendo la cual hubiera tenido cabida con los libreros- y a todo un vivir literario”. 

AZORÍN. Madrid, Octubre 1943

El prólogo consta de doce páginas más que serían muy pesadas de leer en una pantalla. Lástima pues la visión que trasmite Azorín sobre Valle-Inclán es inmensa, tanto sobre su vida y su brillante personalidad como de su obra y su revolucionario empleo del lenguaje.

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