Diálogos de Libro

Si hay poesía subterránea en mis palabras, solo tú lo sabes. En ti ha de acabar, puesto que fuiste tú su origen. José Hierro

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Sr. Sánchez:

No insulte nuestra inteligencia tratando de disfrazar su desvergonzada avidez de poder con falsas insinuaciones de concordia. No sea usted tan “complaciente” con el radicalismo de cualquier signo. No venda su alma al diablo. Y si lo hace, no pretenda convencernos de lo contrario. Eso sí, sepa que se va cargar su país y su partido, lo que queda de él. Con toda seguridad (o eso aparenta), no le importe lo más mínimo, pero al menos sea consciente de ello y déjese de milongas e indefiniciones.

Cuando le oigo afirmar que Rajoy —ese tipo perverso que sólo pretende perpetuar su poder— “es el Red Bull de los independentistas porque les da alas”; cuando lanza al aire, con tremenda ligereza, soflamas del calibre “no voy a aceptar lecciones de patriotismo de la derecha que es un fábrica de independentismo”. Todo ello tras el mercadeo de escaños con los soberanistas de Democràcia i Llibertat (la lista con que concurrió Convergència) y ERC para que pudieran tener grupo en el Senado. Entonces, no puedo evitar preguntarme, ¿cómo se atreve? O piensa que los demás somos completamente imbéciles o es usted un irresponsable. Y un insensato.

Comprendo que las presiones acerca de su permanencia en la secretaría general del PSOE le obnubilen la razón. Incluso entiendo que la decepción electoral —fruto de su inconsistente campaña centrada en descalificar al contrario en lugar de exponer un programa cuyos puntos clave no ha sido capaz de desarrollar— le empujen a perpetuar el mismo despropósito dialéctico previo al 20-D. Pero lo cierto es que no le salen las cuentas, Sr. Sánchez. Y se le ve el plumero. Un plumero pringoso, enlodado de codicia y manipulación partidista. Tan disparatado y frágil que está usted dispuesto a ceder al chantaje de unos y de otros con tal de conseguir su pase a la Moncloa.

Pero, antes de seguir con ese diabólico plan, por favor, piense hacia donde han huido muchos de los votos que contabilizaba como seguros.

¿Acaso no es usted consciente todavía de que tras la entrega incondicional de Madrid por parte de Carmona a los acólitos de Podemos pocos días después de las elecciones municipales de mayo de 2015, muchos ya habían (habíamos) descartado la opción PSOE en las generales de diciembre? Aunque tampoco parece darse cuenta de que tanta complacencia, tanto “buenismo” mal entendido, tanto querer ser el más demócrata (¿o no era eso?) por parte de unos y de otros es precisamente la causa de la rebelión victimista, la desfachatez de un independentismo corrupto que se pasa por el forro la Constitución, el Estatuto y las leyes. Las mismas herramientas que les han permitido vociferar sus impertinencias a destajo sin ninguna consecuencia.

Conoce muy bien las secuelas de pactar con Pablo Iglesias, congraciarse con su discurso del odio, la intolerancia y los matices ideológicos según le dé el aire. No obstante, insiste. Lo disfraza de dignidad mientras se aproxima cada vez más a la intolerancia caudillista que no admite más propuestas que las suyas. Conoce muy bien el fruto de las concesiones al chantaje nacionalista. Ha sido práctica común de las políticas del PP y del PSOE durante toda la democracia. ¿No se da cuenta de que estamos muy hartos de todas esas falacias?

No. Prefiere alimentar su ego con las voces de todos aquellos que le hacen ola, desoyendo por completo a los que abominamos de la política ambigua, del oportunismo y la demagogia; cerrando los ojos ante la evidencia del desencanto de esa parte de sus votantes que se diluyen entre el medio-centro, la abstención e IU. Pero usted no escucha. Sigue a lo suyo.

Tal vez, Sr. Sánchez, debería usted reflexionar sobre las razones que han empujado a muchos simpatizantes del PSOE a apostar por otras filas —no precisamente por los extremistas de Podemos, a los que también jalea cuando le parece conveniente—, condenándonos a un desarraigo político cuyas consecuencias se han traducido en la debacle electoral de un partido histórico. Y necesario, además. Porque si algo necesita este país es un PSOE firme, coherente, responsable, claro, decente, apartado de la corrupción (lo que implica pasar la bayeta entre sus filas, y el estropajo, que falta les hace) y de las estupideces zapateristas; creíble, dispuesto a trabajar por el bien común y el bienestar de los españoles. Un concepto, ese del “bien común”, bastante alejado de lo que dejan entrever sus tejemanejes con los nacionalistas —tan afines a la vieja política, la de los últimos treinta años— o sus guiños al radicalismo populista.

No insulte nuestra inteligencia tratando de disfrazar su desvergonzada avidez de poder con falsas insinuaciones de concordia. No sea usted tan “complaciente” con el radicalismo de cualquier signo. No venda su alma al diablo. Y si lo hace, no pretenda convencernos de lo contrario. Eso sí, sepa que se va cargar su país y su partido, lo que queda de él. Con toda seguridad (o eso aparenta), no le importe lo más mínimo, pero al menos sea consciente de ello y déjese de milongas e indefiniciones.

Asuma los números. Asuma el papel que le han adjudicado las urnas, el de la oposición (las bisagras son otros, mucho menos votados que el PSOE). Haga una oposición digna, luche desde la honradez y la legitimidad que le otorgan los votos, olvide las descalificaciones y el tan agotador “y tú más”, demuestre que se merece la confianza de los votantes de izquierda; proponga, defina unas líneas de actuación coherentes, independientes, ajenas al cambalache de escaños, la ignorancia y la demagogia; actúe, defienda una ideología clara. Y no tenga tanta prisa por lograr con trapicheos lo que no se le ha concedido en las elecciones. A lo mejor la próxima vez —seguramente mucho antes de cuatro años— conseguirá lo que tanto anhela. Por derecho. Sin arribismos ni pactos con el diablo.

Y si no lo hace usted, tal vez debería hacerlo su propio partido.

Aunque me temo que, a estas alturas del negocio, mi opinión llega tarde.

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