Diálogos de Libro

Si hay poesía subterránea en mis palabras, solo tú lo sabes. En ti ha de acabar, puesto que fuiste tú su origen. José Hierro

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Sin anestesia ni nada, oigan.

No soy votante conservadora. Nunca lo he sido y, con toda seguridad, nunca lo seré. Al menos, no mientras la derecha siga entendiendo la sociedad como un conjunto de individuos adocenados y dóciles a los que manipular a su antojo. Hubiera sido votante de la izquierda socialista si no me hubieran decepcionado a los tres minutos de alcanzar el poder, demostrando que mantener el analfabetismo y la incultura les permite manejar el chiringuito del trapicheo y el amaño con la misma impunidad que sus contrarios. Por ello, a la hora de buscar alternativas, he sido muy cuidadosa; he mirado con lupa cada propuesta, cada programa, pero y por encima de todo, he examinado la honestidad del sujeto candidato a condicionar mi vida, el futuro de todo un país durante los próximos cuatro años.

Sin anestesia ni nada, oigan

No soy votante conservadora. Nunca lo he sido y, con toda seguridad, nunca lo seré. Al menos no mientras la derecha siga entendiendo la sociedad como un conjunto de individuos adocenados y dóciles a los que manipular a su antojo. Hubiera sido votante de la izquierda socialista si no me hubieran decepcionado a los tres minutos de alcanzar el poder, demostrando que mantener el analfabetismo y la incultura les permite manejar el chiringuito del trapicheo y el amaño con la misma impunidad que sus contrarios. Por ello, a la hora de buscar alternativas, he sido muy cuidadosa; he mirado con lupa cada propuesta, cada programa, pero y por encima de todo, he examinado la honestidad del sujeto candidato a condicionar mi vida, el futuro de todo un país durante los próximos cuatro años.

Y por “honestidad” como concepto, de ahí el entrecomillado, no entiendo únicamente no robar, no mentir o atreverse a desmantelar la cueva de Alí-Babá donde tan felizmente PSOE y PP se han turnado el liderato —siempre con el beneplácito y el aplauso de sus acólitos nacionalistas, no lo olviden nunca—; entiendo “honestidad” como la única manera posible de levantar puentes en lugar de poner zancadillas, escuchando, respetando, argumentando… Además, cuando se trata de gobernar, concibo la “honestidad” como el despojo absoluto del interés particular, del nepotismo para trabajar a destajo en favor del bien común. El de todos, incluso el de los opositores, por acérrimos que sean.

No he encontrado tal predisposición en ninguna parte. Menos aún en el discurso de los depredadores que han desfilado hasta el hartazgo por radios, televisiones y periódicos durante toda la campaña electoral (del espectáculo circense previo, ni hablamos). Al contrario. Su lenguaje voraz, su tono elevado, su absoluto desprecio por la inteligencia colectiva han confirmado mis sospechas. Tal vez en alguno de los líderes marginados del intenso bombardeo mediático al que nos han sometido en estas últimas semanas sí he hallado cierta presunción de integridad, cuanto menos de coherencia con sus principios. Pero esa es otra historia.

Volviendo al paisaje de desparrame general en el que vivimos, las propuestas que mayor desconfianza me provocan son las de Podemos. Primero porque, frente a la complejidad del racionalismo, la arenga emocional que abanderan pierde categoría. Por simplista. La razón, el argumento, el pensamiento lógico son huesos duros de roer, mientras que traficar con las emociones humanas, además de perverso y propio de los totalitarismos, resulta muy fácil; tanto más cuanto esas personas con cuyos sentimientos (y carencias) se comercia viven sumidas en la decepción, la falta de perspectivas, la pobreza sobrevenida, incluso la miseria. Y en este escenario tan español del “conmigo o contra mí”, en esta desvergonzada carrera hacia el poder, el discurso podemita se acerca cada vez más a la meta.

Un discurso cargado de resentimiento que invita a la desunión más que a la unión, a la destrucción más que la construcción. Un discurso que fomenta la intolerancia, el enfrentamiento y la división. Un discurso sectario que afirma una cosa y la contraria en función de la conveniencia para alcanzar su verdadero objetivo: el poder. Este es el segundo motivo (y principal) del tremendo recelo que me causan sus planteamientos. Donde dije digo, digo Diego. ¿O es al revés? Lo que comenzó siendo una soflama radical, claramente antisistema, antieuropeísta y anticapitalista, ha tomado un cariz mucho más suave. De pronto, el “impago” se convierte en la “reestructuración ordenada de la deuda”; su admiración por el chavismo y el proceso bolivariano se diluyen entre alusiones a Finlandia o Noruega; o cruza sigiloso el humedal de las “nacionalizaciones” (desprivatizaciones, dicen ahora) procurando no mojarse. ¿Por qué? Porque perdían adeptos y era necesario, para recuperarlos, conducir sus proclamas incendiarias por derroteros mucho más asequibles.

Y cuela. Pero yo no lo entiendo, porque al líder de Podemos se le ve el plumero. Como al resto. Sin embargo, el personal traga lo que le echen, sin masticar. Da igual que se trate de los alegatos conservadores basados en el miedo, los tan socialistas “y tú más” o las artimañas populistas envenenadas de sentimentalismo. Aquí se traga. A lo bestia. Sin anestesia ni nada, oigan. Y me sorprende, me desconcierta y me preocupa porque, encima, (casi) todo lo que me importa depende del tamaño de las tragaderas ajenas.

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