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Si hay poesía subterránea en mis palabras, solo tú lo sabes. En ti ha de acabar, puesto que fuiste tú su origen. José Hierro

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Finlandia.

Cuenta el ranking World Happiness Report 2018 que Finlandia es el país más feliz del mundo, el más estable, el más seguro, transparente y equitativo.

Helsinki. Finlandia.

Leo que Finlandia es el único país europeo en el que está disminuyendo la cantidad de personas sin hogar. Que, gracias a un programa social ejemplar, en Helsinki prácticamente ya no hay casi nadie durmiendo a la intemperie —al contrario que en Madrid, donde más de 1.200 personas viven en la calle— y solo tienen ya un refugio nocturno con 50 camas para emergencias en invierno, cuando las temperaturas llegan -25ºC. Leo que esa remota tierra prometida es un prodigio en cuanto a gasto público social: un 55% del PIB (en España apenas se llega a un raquítico 44%).

Leo también que Finlandia es un modelo en educación. Que la escuela pública —la privada la abolieron hace tiempo— es una especie de paraíso con jornadas escolares mínimas, sin exámenes estándar ni notas frustrantes. Los deberes no existen. Sólo se estudia en clase, bajo la atenta mirada del profesor, mentor, guía cultural, jefe de grupo. Todo junto. Una maravilla.

En las mañanas, incluso cuando los días son noche cerrada permanente (unos 50 al año), se repiten escenas idílicas de niños con el gorro de piel incrustado sobre las cejas y su mochilita a la espalda (lo único que deben llevar al colegio). Todo lo demás es “gratis”: los libros, el transporte escolar. Hasta la comida. Esto también lo he leído.

A veces, incluso hacen experimentos económicos. El último —el de la renta básica universal establecida para los escasos 2.000 ciudadanos en paro de larga duración— no ha tenido mucho éxito, por lo visto. Ya les digo que todas estas cosas las leo.

Cuenta el ranking World Happiness Report 2018 que Finlandia es el país más feliz del mundo, el más estable, el más seguro, transparente y equitativo. Incluso le van ganando la batalla a la posverdad —esa plaga bíblica del siglo XXI que está aniquilando el mundo occidental—, las noticias falsas y los jeiters de toda condición. Aunque también tienen su ultraderecha, los Verdaderos Finlandeses. Que no todo va a ser sisu, kalsarikänni y recolectar bayas.

A mí me cuesta entender cómo todos los adictos al sistema finlandés no han ido para allá corriendo. Seguro que ese pequeño país helado con 5,5 millones de habitantes (un millón menos que en toda la Comunidad de Madrid) les recibiría con los brazos abiertos, felices de ver incrementada su escasa población. Qué necesidad de soportar el sol, las terracitas de abril a noviembre, la cerveza fría con amigos y risas, el jamón, jamón, de ese que brilla, la paella y la tortilla de patata (con cebolla, se siente).

Qué necesidad de ir a playas petadas guiris (finlandeses incluidos), pudiendo disfrutar de los fríos perpetuos del círculo polar ártico, las extraordinarias auroras boreales, los bosques milenarios cubiertos de nieve más de 120 días al año. Ese aire puro, ese Papá Noel tan cercano, a un ratico en trineo. Esa libertad para chapotear en la aguas del mar Báltico sin el tipejo ordinario del reggaetón reventándote el cerebro a tres centímetros de tu toalla.

Ante tanta belleza natural, tanta perfección casi mística, tanto silencio sobrecogedor, se me hace bola digerir las altas tasas de alcoholismo, depresión y suicidio que asolan ese edén de saunas, lagos y gente súperhappy muy de Instagram. A lo mejor es de tanto apoyarse contra la noche.

Entonces se me ocurre pensar que igual va a ser que la felicidad no es un asunto de datos económicos y culturales objetivos ni de niveles de calidad de vida, sino un rollito raro atado a las emociones, a los porqués de cada uno. Que igual por eso los adictos a los sistemas perfectos se anclan a las puestas de sol gaditanas y la luz de junio. Soportan la épica patria de políticos de chicha y nabo, el circo parlamentario nuestro de cada día, los cortijos, los chiringos corruptos de todo color, el choriceo a destajo y las bodas horteras que abren telediarios. Sin estoicismo.

Para volver a hablar de las excelencias nórdicas al siguiente instante. Como si de verdad quisieran irse. Como si no formaran parte del lodazal que critican con tanto ahínco.

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